lunes, 28 de septiembre de 2009

Día 3. 12:10 h.

Día tres, sigo sin resultados en el avistamiento de otros seres vivos. Y lo peor: aún no he conseguido tomar café.

Sin embargo, he aprovechado el tiempo: he estado todo el tiempo practicando viejos juegos con la play. En total, entre zombies, mutantes, perros rabiosos y otras criaturas, habré matado a no menos de dos mil. Virtualmente, se entiende. También me ha quedado claro lo que necesito para sobrevivir en este nuevo mundo: una escopeta de cañones recortados, un par de pistolas automáticas, una metralleta (idealmente una detonadora SWAT de nueve milímetres, más ligera y manejable), unas granadas de mano, un bazooka y mucha munición. No sé si cabrá todo en la riñonera.

Nota para la micrograbadora: si quiero encontrar mutantes o supervivientes, tal vez sea conveniente salir un poco a la calle, o al menos asomarme a la ventana.

Día 1. 12:35 h.

Llevo un rato dando vueltas por la ciudad y aún no he visto ni mutantes ni supervivientes. En principio eso no quiere decir nada, porque hoy es sábado y ayer salió casi todo el mundo de fiesta. Ya se levantarán.

Necesito un café. Entro en un cafetería. Pasa media hora y no me atiende nadie. Entonces recuerdo que ha habido una guerra nuclear, quién me va a atender. Sigo dándole vueltas al asunto de los supervivientes que debo encontrarme. ¿Estará buena la tía buena? ¿Se colará por mí, como es debido? Recuerdo unas inquietantes palabras de Pablo: "Cuando no sabes quién es el pringao en una partida de póker, es que el pringao eres tú". La noche que las pronunció había batido el récord de pérdidas en los dos años que llevábamos reuniéndonos para jugar al póker. ¿Y si me tocara a mí el papel de pringao en esta historia? ¿Y si fuera yo el graciosete cobardón que nunca se enrrolla con nadie? Me consuelo pensando que ese personaje nunca muere, pero en fin, el héroe también sobrevive siempre y encima folla.

No puedo seguir pensando sin un café. Pasa otra media y siguen sin atenderme. Entonces recuerdo que ha habido una guerra nuclear. Temo haber entrado en un peligroso bucle espacio-temporal, sea lo que sea eso.

Día 1. 11:00 h.

He debido quedarme dormido y creo que ha habido una guerra nuclear, porque al bajar a la calle no he visto a nadie y el viento arrastraba hojas de periódicos, signos inequívocos ambos de que ha habido una guerra nuclear.

Sospecho que también habrá mutantes que pugnarán por comerse mi cerebro. Por otro lado, no deberían faltar otros supervivientes, probablemente un grupo heterogéneo y variopinto para que cualquier espectador de una eventual película sobre el tema tenga con quién sentirse identificado. Cuento para ello con que, antes o depués, encontraré un tía buena, un hombre mayor y sabio, un graciosete cobardón, una tía dura (tal vez lesbi) y un negro o, en su versión cañí, un gitano o un moro.